viernes, 19 de noviembre de 2010

Leyndas de Toledo

Os dejo aquí algunas leyendas de las diferentes culturas que convivieron en Toledo. Disfrutadlas ahora y las recordamos en la excursión

LEYENDAS DE TOLEDO

LEYENDAS JUDÍAS

El pozo amargo

Tiempo ha que en la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto. Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar.

Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate. Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de sus pensamientos.

Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín.

Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte y va por la espalda al corazón de don Fernando. Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.

Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas. Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.

Pozo Amargo

La casa de las cadenas

Cuenta la leyenda que allí vivía un judío converso, el más hábil labrador del hierro. De sus manos procedían nobles rejerías, aldabones de las fuertes portadas toledanas y también algunos de los más famosos aceros toledanos, destinados a los caballeros que contra los moros luchaban al sur de Castilla.


En los sótanos de esta casa trabajaba nuestro protagonista, bajo un hermoso patio y tras amplios muros que bastante ocultaban del intenso calor del verano toledano y apartaban del trabajo las curiosas miradas de los vecinos y transeúntes. Algunos comentaban que esta casa no era propia de un converso, aunque no sabían que había sido dada por un afamado caballero en pago por unos magníficos trabajos realizados. Estos pedidos seguían llegando, pues la guerra en Granada seguía su trámite…

La Casa de las Cadenas


Con el tiempo, parece que la producción se especializó en cadenas… Durante meses, el fuego no paró en la casa del converso, y el intenso resonar del martillo golpeando el metal no callaba ninguna noche. Los vecinos observaban estupefactos cómo salían carros cargados de pesadas cadenas, a altas horas de la madrugada, con el ruido ensordecedor en la noche de las ruedas chocando contra el empedrado toledano, el restallar de los látigos sobre las bestias que tiraban de los carros, y los gritos de los hombres destinados a llevar tan pesado cargamento hasta supuestas, por los vecinos, tierras de Granada.


Los Reyes Católicos fueron ganando terreno en el reino de Granada. Lentamente comenzaron a regresar a la ciudad los cristianos liberados por las tropas cristianas. Uno de ellos trajo consigo y mostró en Zocodover las cadenas con las que había estado prisionero en las cárceles nazaríes, y todos reconocieron estupefactos los sellos y el diseño que el judío converso realizaba en Toledo…


No se cuenta el fin del autor de las cadenas, si consiguió escapar o fue ajusticiado. Queda como recuerdo la casa donde eran forjadas, ahora llamada “de las cadenas”, y también quedan como recuerdo las cadenas que hoy cuelgan de los muros del monasterio de San Juan de los Reyes, pertenecientes a los miles de prisioneros cristianos en el derrotado reino de Granada.

Cadenas en San Juan de los Reyes

LEYENDA MUSULMANA

La peña del rey moro

Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, torres y cúpulas de la ciudad dibujándose en el resplandor lunar. Corría el año 1083 y reinaba en Toledo Yahia Alkadir, nieto de Al-Mamum. Alfonso VI cercaba la ciudad arrasando las campiñas, esperando que el hambre obligara a rendirse a los musulmanes que defendían la plaza. Yahia recurrió al recuerdo de la amistad del rey castellano con su padre, de los beneficios que de aquel recibiera; se rebajó a ofrecerle tributo, un tanto gravoso para sus arcas y sus posibilidades; pero nada de ello hizo ablandar el corazón del «de la mano horadada», quien rechazaba todos los razonamientos y ofertas que a cambio de abandonar el sitio pudieran hacérsele. Sólo deseaba tomar la capital del reino moro de Toledo.

Yahia acudió a los reyes moros amigos, manifestándoles las terribles consecuencias que para el poder árabe tendría la caída de Toledo en manos cristianas; pero sólo encontró apoyo en las taifas de Zaragoza y Badajoz; sin embargo, la fortuna le volvía la espalda, pues el rey de Zaragoza murió antes de poder llevar a cabo su proyecto de ayuda y el de Badajoz murió también, después de ser derrotado por las tropas de Alfonso, que le salieron al paso cuando se dirigía hacia Toledo. Yahia no se resignaba a perder su reino y envió nuevos mensajeros al otro lado del estrecho, al norte de África. Los reyes africanos escucharon la angustiosa petición de ayuda que les enviaba su hermano de raza y decidieron mandar primero un observador para, una vez conocida la situación y las necesidades reales, determinar definitivamente la clase y cantidad de ayuda necesaria que debían enviar.

La elección recayó sobre el joven príncipe y valiente guerrero Abul-Walid. Llegó el príncipe africano a Toledo y fue recibido por Yahia, quien aproximadamente tendría su misma edad, como se acoge al que se piensa que es nuestra única salvación, como un náufrago se agarra a una tabla que flota en medio del mar y no tiene otro sitio donde asirse. Muy pronto se percató Abui de la gravedad de la situación.

Durante su estancia en Toledo se hicieron fiestas y torneos en su honor y conoció a Sobeyha, hermana de su anfitrión. El amor prendió entre ambos jóvenes y, en medio del dolor de la desgracia que les amenazaba, una chispa de gozo llenaba aquellos sensibles corazones.

A Abul, su cabeza te decía que tenía que volver a su tierra para contar a los reyes moros lo que había visto en Toledo y así cumplir con la misión que le había traído aquí, pero su corazón le retenía en la capital musulmana; no quería abandonar aquellos ojos negros como la noche, aquel cutis de terciopelo, aquellas mejillas tan suaves como pétalos de rosa; en una palabra, no quería abandonar a aquella princesa de la que se había enamorado locamente. Al final pudo más su obligación y no tuvo otro remedio que dejar Toledo, pero con la promesa de volver pronto con la ayuda precisa y con la intención de contraer matrimonio con Sobeyha.

Mientras Abul se hallaba en África reclutando gente y preparando todo lo necesario para volver a Toledo en ayuda de su amigo Yahia y con el más íntimo deseo de volver a ver a su amada, Alfonso Vi se apoderó de la ciudad, que no pudo resistir por más tiempo. Yahia abandonó el lugar que le vio nacer, pero no pudo llevarse con él a su hermana, pues Sobeyha, no pudiendo resistir las penalidades del sitio y consumida por la enfermedad, había muerto.


Un antiguo esclavo, Abén, que servía a Sobeyha desde niña, no acompañó en su proscripción a su señorYahia, sino que quedó en Toledo para cumplir una misión que aquella le encomendó antes de morir: que esperara la venida de Abul y saliera a recibirle y le dijera que había muerto pensando en él, que había muerto esperándole. La caída de Toledo en poder de los cristianos levantó un intenso clamor de ansiedad y dolor en el mundo musulmán, que no se resignó a perderla así, sin más, sin intentar su recuperación. No había pasado mucho tiempo cuando apareció ante Toledo un numeroso y formidable ejército sarraceno venido de África para socorrer a sus hermanos, sin saber que Yahia se había rendido y la ciudad ya se hallaba bajo el poder del rey castellano. Era Abul-Walid que, después de resolver graves asuntos en su país y recuperarse de una larga y grave enfermedad, volvía para cumplir la promesa que un día dio a quienes habían confiado en él. Pero en verdad, lo que le había sostenido y ayudado a vencer todos los obstáculos, lo que le había dado fuerzas para luchar y resistir las horas de desesperación, había sido el recuerdo de su amada Sobeyha. Ansiaba volver para explicar a sus amigos los motivos de su tardanza y así disipar las dudas y sospechas que muy posiblemente habrían anidado en sus corazones y para asegurar sobre su vacilante trono al nieto de Al-Mamum y hacer su esposa a su hermana. Pero al llegar frente a Toledo, las malas noticias llegaron a él: la ciudad ya no pertenecía a su pueblo, los cristianos habían conseguido tomarla y sus pendones estaban enarbolados en sus torreones y Abén, el esclavo negro al que había conocido durante su estancia en Toledo, le comunicó la muerte de Sobeyha y sus últimas palabras. El corazón de Abul se llenó de tristeza al conocer lo sucedido a su amada por boca de aquel esclavo. Dejó caer la cabeza sobre su pecho y dos lágrimas se escaparon de sus ojos, rodaron por sus mejillas y regaron el suelo de su tienda; mas sacando fuerzas de flaqueza se repuso y exclamó: -He venido a liberar vuestra ciudad y cumpliré mi promesa. Quiero volver a pisar los lugares que ella tanto amó y es mi deseo visitarla en la tumba donde duerme su último sueño.

El ejército de Abul ocupó los alrededores de Toledo, al otro lado del río, situándose donde hoy se asientan los cigarralesy la Academia de Infantería.

El puesto de mando quedó instalado en la explanada que hay en las escarpadas y rocosas laderas del cerro que mira frente a la ermita de la Virgen del Valle. La tienda de Abul-Walid, con sus ricas sedas y valiosos tapices, se colocó junto a la mayor peña que corona el cerro y domina el paisaje. A ella subía todos los días y al atardecer se sentaba allí arriba y permanecía absorto y pensativo hasta que las tinieblas se apoderaban totalmente de la Tierra, mirando a la ciudad que guardaba en su seno los restos de la infeliz princesa Sobeyha. Dicen que muchas veces se le veía doblar la cabeza sobre el pecho y llorar amargamente.

Estudiada con sus capitanes la estrategia que seguir para entrar en la ciudad y elegido el mejor momento para ello, dispuso su ejército para ejecutar lo acordado y arengó a sus tropas diciéndoles que estaba dispuesto a no moverse de allí hasta que no cayera Toledo en su poder y que no esperaba menos de ellos. Que Alá premiaría su esfuerzo y valor.

Los cristianos, desde los torreones y almenas de las murallas, veían todos los días al príncipe moro de pie en la alta roca y las numerosas tiendas y fogatas que cubrían todo el campo que se extendía ante su vista. Todo ello les infundía un gran temor y más cuando no tenían entre ellos a su rey Alfonso, quien un tiempo atrás había partido para León a fin de resolver ciertos asuntos importantes que requerían su presencia, y aunque le habían enviado mensajeros solicitando su ayuda, estos no habían conseguido atravesar el campo enemigo; pero allí se encontraba el Cid Campeador, a quien el rey había dejado al mando de la guarnición en el alcázar, el cual se propuso sorprender al ejército de Abul-Walid. Así, se adelantó a las intenciones enemigas y una noche, a favor de la oscuridad, salió de Toledo al frente de un numeroso ejército, atravesó sigilosamente el río y en un rápido despliegue dio un «golpe de mano» que sorprendió a las tropas musulmanas, sembrando el desorden en sus filas. Las sombras fueron sus más firmes aliadas,pues los moros llegaron a pelearse entre sí.

Al llegar las primeras luces del día, los musulmanes se dieron cuenta de su desastre y lo peor fue que encontraron a su rey muerto en la gran peña que casi nunca abandonaba. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, muestra de que se había batido con valentía y una flecha había atravesado su pecho y le había partido el corazón.

Los jefes que aún permanecían vivos en el bando agareno dispusieron que no había posibilidad de reconducir la situación y que lo mejor que podían hacer, para salvar las vidas de los que quedaban en pie, era rendirse. Así lo hicieron. Se entrevistaron con el Cid, el cual accedió a su petición, permitiendo que el resto del ejército sarraceno volviera a su tierra. Asimismo permitió que se enterrase el cuerpo de Abul-Walid bajo la roca, a fin de que se cumpliera su deseo de permanecer eternamente en ese lugar para poder contemplar, aunque fuera de lejos, la ciudad que acogía el cuerpo de su amada. Por eso, a esta roca que domina las alturas del cerro del Valle se la conoce desde entonces como la “Peña del rey moro”.

Pero la historia no acaba aquí. Al pie de la «peña» se pueden ver varios peñascos que, colocados unos sobre otros y vistos desde una posición determinada, figuran la cabeza de un hombre ceñida por un turbante. La tradición toledana explica el hecho de la siguiente manera: Partidos los restos del ejército moro y habiendo vuelto la tranquilidad a la zona, el alma de Abul-Walid salía todas las noches de su sepultura y se sentaba sobre la gran roca para contemplar la ciudad donde yacía su amada. Al llegar el alba volvía a su tumba. Cierto día, estando cercano el clarear de la aurora, pidió a Alá que le permitiera permanecer allí constantemente y no le obligase a ocultarse en su sepultura y el dios, viéndole tan desgraciado, le otorgó lo que pedía convirtiéndole en piedra.

LEYENDA CRISTIANA

El Cristo de la luz

Cuenta la tradición que allá por la mitad del siglo VI, reinando en España Atanagildo, había en Toledo un grupo fanático de judíos, los cuales sentían un gran aborrecimiento y odio hacia las imágenes de Cristo crucificado. Tenían una especial animadversión hacia un pequeño Cristo que era muy venerado por los cristianos toledanos y que se hallaba en una reducida iglesia visigoda junto a la puerta de la Conquista o Agilana (así denominada por creerse que fue construida, en tiempos de Agila) y posteriormente reconstruida y rebautizada con el nombre de Bab-alMardum.

Su odio llegó a tal extremo que idearon un plan diabólico: untar con un potentísimo veneno los pies del Cristo, y como era costumbre de los cristianos rezarle, pedirle un favor y después besarle los pies para alcanzar la concesión de la súplica, creyeron que con su acción lograrían un doble propósito: matar a un número indeterminado de cristianos y que estos llegasen a aborrecer a la hasta el momento venerada imagen, tambaleándose su fe. Así que pusieron en ejecución su malvado designio aprovechando la soledad de la iglesia y la oscuridad de una noche de luna nueva. Sin embargo obtuvieron como resultado todo lo contrario del plan ideado, porque ocurrió que, a la mañana siguiente, cuando la primera devota llegó a rezar ante el Cristo y después intentó besar, como de costumbre, sus pies, se produjo el milagro: el Cristo retiró el pie, desclavándolo de la cruz, permitiendo que los labios de la mujer llegasen a rozarle. El estupor aumentó cuando el mismo hecho se repitió una serie de veces y con distintas personas.

Se conocía el milagro, pero no se sabía el motivo. Por fin el sacerdote, advertido del suceso, fue hacia el crucifijo y observó una mancha amarillento-verdosa sobre el pie desclavado, delatando el veneno.

Interior de la mezquita

En contra de la intención de los judíos no murió ningún cristiano y la fama y popularidad del Cristo aumentó en toda la ciudad, reafirmándose la fe de muchos incrédulos o tibios creyentes.

Uno de los más fanáticos e intolerantes de aquellos judíos era Abisaín, el cual vivía en la plaza de Valdecaleros. Fue él quien llevó a cabo el proyecto que le propuso su amigo Sacao, y fue el mismo amigo quien le llevó la noticia del milagro acontecido, lo que le llenó de ira y deseos de venganza.

Aquella noche, Abisaín no pudo dormir y cuando el cansancio le hizo cerrar los ojos fue para verse atormentado por visiones aterradoras: el rostro del Cristo se dirigía hacia él hasta estallarle en el suyo y a continuación, un tropel de gente le perseguía con feroces miradas y los brazos estirados tratando de cogerle para destrozarle. Otra vez, el Cristo se desprendía de la cruz y con los brazos abiertos se adelantaba hacia él pareciendo quererle estrechar contra su pecho. Se despertó y se levantó con el cuerpo y el alma doloridos. El desasosiego le continuó durante el día y para relajarse fue a dar un paseo por las afueras de la ciudad.

Una tormenta se avecinaba. El cielo se oscurecía, los relámpagos iluminaban la atmósfera y los truenos retumbaban cada vez más cercanos. Volvió apresuradamente Abisaín de su paseo con mayor malestar interior que el que le invadía al iniciarle y sin darse cuenta entró en la ciudad por la puerta Agilana. La pequeña iglesia se hallaba solitaria y oscura; sólo una débil lamparilla lucía ante la imagen del Crucificado. Abisaín penetró en el recinto sagrado a pesar del temor que sentía y. se aproximó al Cristo. Observó con estupor y rabia cómo el Crucificado tenía un pie desclavado y separado del madero, tal y como le había contado su amigo Sacao. A tal grado llegó su cólera que, tomando en su mano un puñalillo que llevaba al cinto, se lo clavó en el pecho al Crucificado. Por efecto del fuerte impacto, la imagen cayó al suelo al tiempo que un grito de dolor rasgó el aire y la lamparilla se apagaba. Muerto de miedo, pensó en huir, pero su odio pudo más y recogió el Cristo pensando en destruirlo. Lo escondió entre sus ropas y, tras comprobar que no había nadie por los alrededores, salió corriendo con la imagen al tiempo que caía un fuerte aguacero.

Llegó a su casa de Valdecaleros, después de subir la cuesta y atravesar las desiertas callejas de las Tendillas y San Román.

Empezaba a amanecer y él seguía durmiendo, descansando de las pasadas emociones, cuando un fuerte rumor de voces airadas se comenzó a escuchar. Una turba de gentes furiosas y amenazadoras se situó ante su vivienda. Entre las voces, se escuchaba nítidamente su nombre. Lo acusaban de herir al Cristo y robarle. ¿Cómo podía ser? Nadie le había visto. Pronto comprobó lo que le había delatado. Las ropas en donde había traído escondida la imagen se hallaban chorreando sangre y ésta había dejado un reguero por todo el camino, a pesar de la lluvia torrencial que había barrido la ciudad, hasta llegar a la puerta de su casa.

El Cristo fue rescatado y repuesto en el altar de su pequena ermita y el judío Abisaín apresado. Tras un breve juicio fue condenado como autor del sacrílego crimen y apedreado públicamente.

SEGUNDA LEYENDA SOBRE EL CRISTO DE LA LUZ:

La tradición nos cuenta que el rey Alfonso VI entró en la ciudad en 1085 por la puerta antigua de Bisagra, que en la actualidad lleva su nombre, acompañado de un gran séquito de importantes personajes. Cogió el camino natural y más directo, aunque más difícil: la cuesta del Cristo de la Luz. Atravesó la puerta de Valmardón y cuando su caballo pasaba frente a la mezquita, se arrodilló negándose a avanzar. El caso se tuvo por muy insólito y ante la persistencia del animal en su actitud se pensó que era un aviso del cielo.

Buscando la explicación de este sorprendente hecho, se penetra en el templo y se observa que de uno de los muros sale un potente resplandor que ilumina el recinto. Se ordenó excavar en el lugar y se encontró oculto tras el muro el crucifijo que, a pesar de los casi cuatro siglos transcurridos en su encierro, mantenía viva la llama de una lamparilla. Gran contento y alborozo produjo en los conquistadores este milagroso hallazgo, quienes tomaron al Cristo, y encabezados por él, llegaron a Zocodover.

El crucifijo se colocó posteriormente en la antigua mezquita cuando ésta fue consagrada y dispuesta para el culto al cristianismo, tomando desde ese momento el nombre de Ermita del Cristo de la Luz.